Y de pronto te acometen unas enormes ganas de brincar sobre el patio repleto de caimanes que llevan una semana sin comer; sus ojos inmóviles te observan y ni el zumbido constante de las moscas logra distraerlos. Como en las jaulas de monos aulladores hay un silencio que mete miedo al más valiente, decides postergar el salto y pasas junto al escondrijo de una víbora de cascabel que se refugia del calor en esta tarde dorada. Ahora quisieras abrir todas las jaulas y dejar que los animales escapen a la frontera del zoológico, donde unos guardas sin más sustento que sus uniformes caquis nada tendrían qué hacer frente a la tromba de fauna liberada.
Así de pronto el corazón se vuelve un furioso vengador y ataca las sombras de amores ya lejanos, tan descoloridos como los tenis de mi hijo luego de cien partidos en la cancha barrosa.
Las razones de la sinrazón me hablan de un universo que está lejos porque cuesta trabajo entenderse miembro de un perfecto organismo, único, majestuoso, donde cabemos todos y cada movimiento afecta al otro lado de su vasto tamaño.
La bondad nos acompañe en esta y todas las horas. Abrazos, besos, sonrisas...
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